Nadie creia que la abuela iba a vivir tanto tiempo.
Anciana de pocas pulgas como ella misma se definía, y peor cocinera del planeta según toda la familia.
Odiaba el momento cuando mi madre llena de sonrisas obligábame a pasar el fin de semana en casa de ella. Cuestiones de intimidad con mi padre, quién sabe.
La noche anterior al evento no podía dormir pensando en qué excusa poner para no ir y sobretodas las cosas preparando mi estómago para horiibles bifes a la plancha y sosas ensaladas.
El domingo por la noche, a veces muy por la noche mis padres me sacaban de la escena trágica, le sonreía a la abuela y me subía al auto lo más rápido posible.
Nunca le regalaba nada a nadie y cuando lo hacía existían tantos “mirá que viene de generación en generaciñon” ó “era de tu abuelo” que no daba ganas de aceptar el presente. A mi nunca me regaló nada, nada.
La abuela siempre andaba mal de algo y se quejaba de todo, en especial de mí ante mi madre: “el nene no me come, el nene tiene pensamientos raros, el nene lee libros de grandes” y miles de esas cosas que dice la gente muy mayor sin pensar siquiera el significado; para mi siempre fue muy mayor.
La anciana murió finalmente, todo un alivio.